Entrevista a Barack Obama, ex presidente de Estados Unidos



Nunca creí que la lacra del racismo fuera a acabarse con mi elección”

En una parte del libro recuerda como, durante una visita a Egipto, se puso a reflexionar sobre las decisiones que había tomado como presidente y se preguntó si quizás pasarían rápidamente al olvido. ¿Cuál piensa que ha sido su legado ahora que han pasado cuatro años desde que dejó de ser presidente?

Para quienes no han leído el libro, lo que trajo esos pensamientos a mi cabeza fue una imagen que vi tallada en la superficie de una de las pirámides en Egipto. En ella se representaba a un hombre de rostro alargado, cuyas orejas se proyectaban hacia fuera como asas. Me pareció que era una caricatura de mí mismo, forjada en la Antigüedad.

“¿Quién sería este tío?”, me pregunté. ¿Un miembro de la corte del faraón? ¿Un esclavo? ¿Un capataz? Ahora todo se ha perdido, se ha convertido en polvo. Entonces me di cuenta de que cada discurso que pronunciaba, cada ley que sancionaba, cada decisión que adoptaba más tarde o más temprano seguiría el mismo camino.

Quizás suene deprimente, pero yo no lo veo así ya que, aunque los detalles de lo que hacemos durante nuestras vidas puedan caer en el olvido, el progreso que conseguimos dentro del tiempo que tenemos a nuestro alcance permanece. Es parecido a lo que le decía cuando hablábamos del título del libro: cuando, en lugar de medir las cosas en función de lo que es o no es de actualidad, comienzas a hacerlo en términos de décadas, siglos, o incluso milenios te das cuenta de lo mucho que hemos avanzado los seres humanos, aunque luego no vivamos lo suficiente como para ver todos sus sueños hechos realidad.

Todo este preámbulo para decirle que, cuando me preguntan por mi legado, desde luego me vienen a la mente los logros de nuestro gobierno. La sanidad, haber rescatado la economía del riesgo de una nueva Gran Depresión, la lucha contra el cambio climático de la mano de otros países, y todas esas cosas. Pero también pienso mucho en el activismo y en los progresos que hoy por hoy encarna la nueva generación. Como he dicho antes, es como una carrera de relevos, corremos con todas nuestras fuerzas durante el tiempo que se nos concede y, a continuación, le pasamos el testigo al que sigue. No puedo por menos que sentirme tremendamente inspirado por lo que estamos viendo en todo el mundo: gente joven, no mayor que mis hijas, que lidera la lucha contra el cambio climático, la desigualdad, las injusticias raciales y todo lo demás.

Esto quiere decir que, aunque todavía me quedan algunos cartuchos por quemar, cualquier legado que pueda dejar será sin duda perfeccionado por quienes me acompañan y por aquellos que sigan mi camino mucho tiempo después de que yo haya desaparecido.

Cuando hablas con mis hijas y con jóvenes de esa edad, ves que sus actitudes son más abiertas, y no solo en materia racial, sino también en cuestiones de género y orientación sexual”

Usted fue el primer presidente negro de Estados Unidos, lo que llenó de orgullo a muchos estadounidenses por el progreso que significaba. Pero en el libro dice que su “sola presencia en la Casa Blanca generó un sentimiento de que el orden natural de las cosas se había alterado”. En la cuestión racial ¿qué legado deja su presidencia?

Bien, en primer lugar, nunca creí que la lacra del racismo fuera a acabarse con mi elección. Eso lo tuve claro desde el principio. Nunca me creí que viviésemos en una era postracial.

No obstante, pienso que lo que sí hubo durante mi presidencia fue una reacción de ciertas personas que pensaron que yo encarnaba de algún modo la posibilidad de que ellos, o el grupo al que pertenecían, perdieran el nivel de vida que habían alcanzado, y lo que les había llevado a este convencimiento no era algo que yo hubiese dicho sino el hecho de que mi aspecto no era igual al de los anteriores presidentes. Mi sola presencia en la Casa Blanca preocupó a mucha gente, en algunos casos de forma explícita y en otros de forma subconsciente.

También hubo quien se dedicó a manipular esos miedos. Si recuerda el fervor que generaban los mítines de Sarah Palin y lo compara con el ánimo de quienes asistían a los mítines de John McCain notará una gran diferencia. El recurso a políticas identitarias, al discurso xenófobo y a las teorías de la conspiración ya entonces empezaba a generar rédito político. De ahí pasamos a las teorías alentadas por Donald Trump, que cuestionaban mi lugar de nacimiento y, poco después, a su propia victoria electoral.

Incluso durante mi presidencia, una generación entera de niños creció con la idea de que era raro o excepcional que la persona que ocupaba el cargo más importante del país fuese negro.

Creo que todas estas cuestiones, no sólo las raciales sino las relacionadas con la clase social, con el género, con la idea de que algunas personas son más estadounidenses que otras o más merecedoras de la ciudadanía del país -y de que la frase “Nosotros, el pueblo” sólo hace a algunos ciudadanos y no a otros- llevan muchísimo tiempo en el centro del debate en EE.UU. y no han estado exentas de críticas. Se trata de hecho de cuestiones que siguen atrayendo mucha atención en la actualidad, aun cuando ya no hay un presidente negro en la Casa Blanca.

Sin embargo, cuando hablas con mis hijas y con jóvenes de esa edad, ves que sus actitudes son instintivamente más abiertas, y no sólo en materia racial sino también en cuestiones de género y orientación sexual. Aunque escucharlas me da esperanza, me tomo este asunto con mucha seriedad porque la historia no avanza en línea recta. Las actitudes pueden retroceder en lugar de avanzar. Todos tenemos que estar atentos y esforzarnos cuanto podamos para sacar los ángeles que llevamos dentro y hacer que vayan desapareciendo esas actitudes que tanto daño han hecho a la cultura estadounidense.

Los Estados Unidos, considerados como un experimento, son importantes para el mundo, no por las eventualidades de la historia que han hecho que nuestro país sea la nación más poderosa de la Tierra, sino porque nuestro país ha sido el primer experimento real de construcción de una democracia amplia, multiétnica y multicultural. Aún no sabemos si va a perdurar. De eso se tienen que ocupar todas y cada una de las generaciones venideras.

Estados Unidos tiene la obligación moral y política de promover un orden internacional basado en valores universales y en reglas y normas claramente establecidas”

Como presidente, de buen principio tuvo que gestionar crisis que requirieron su atención inmediata, incluidas varias cuestiones de política internacional: las guerras de Iraq y Afganistán, el cambio climático, la amenaza terrorista y las consecuencias de la crisis financiera. ¿Cuáles fueron los principios que le guiaron en estas cuestiones? ¿Cuál debe ser en su opinión el papel de Estados Unidos en la escena internacional?

Al comienzo de mi presidencia, tuve claro que no podíamos actuar solos para hacer frente a los más grandes retos que amenazaban al mundo, desde la crisis financiera hasta los estragos provocados por el cambio climático. En un mundo interconectado (que, por cierto, en mis ocho años de mandato no hizo más que aumentar su interconectividad), teníamos que ofrecer a los estadounidenses el liderazgo necesario para alinear al resto del mundo en torno a los problemas que todos compartimos. No obstante, las mismas fuerzas integradoras que nos han hecho tan interdependientes también han sacado a la luz profundas grietas en el orden internacional.

Todos los países del mundo están lidiando con una pandemia que coexiste con otros desafíos a los que llevamos mucho tiempo haciendo frente: los refugiados, las perturbaciones económicas, el tribalismo, entre otros. Transcurrido más de un cuarto de siglo después del final de la Guerra Fría, el mundo es hoy, en muchos sentidos, más próspero que nunca. Sin embargo, a pesar del enorme progreso económico conseguido, nuestras sociedades están colmadas de incertidumbre e inquietudes. Si los ciudadanos pierden confianza en sus instituciones, se hace más difícil gobernar y es más probable que surjan tensiones entre las naciones.

Nos enfrentamos a una elección. Podemos optar por seguir adelante, perfeccionando el actual modelo de cooperación e integración, o podemos retirarnos a un mundo inexorablemente polarizado y en conflicto permanente, atravesado por líneas divisorias ancestrales que separan a las personas según su nacionalidad, tribu, raza o religión.

Creo que la respuesta no puede ser un simple rechazo a la integración mundial. Tenemos que trabajar juntos para asegurarnos de que los beneficios de esa integración sean ampliamente compartidos y que las perturbaciones –económicas, políticas y culturales— causadas por dicha integración se aborden sin titubeos.

Creo asimismo que, aunque tenemos nuestros propios desafíos, Estados Unidos tienen la obligación moral y política de promover un orden internacional basado en valores universales y en reglas y normas claramente establecidas. Nuestro poder no se deriva solo de nuestra fuerza militar y nuestra pujanza económica; procede sobre todo de la historia de nuestro país. Así como hemos trabajado sin descanso a nivel interno para perfeccionar nuestra unión, también debemos esforzarnos constantemente en el plano internacional para hacer posible un mundo mejor.

Biden y Harris harán lo que esté en su mano para unificar al país; la tarea no será fácil”

La supervivencia de nuestra democracia depende de que ejercitemos nuestra ciudadanía de manera activa”

En el libro reflexiona sobre algunos de los primeros conflictos que afrontó en su vida, es decir, “entre trabajar por el cambio dentro del sistema e intentar derribar el sistema; entre querer ser el líder y empoderar a otras personas para que consigan los cambios por ellas mismas; entre querer estar en política y no ser un político”. ¿Qué aconsejaría a la siguiente generación que se debate entre estas mismas cuestiones y que muchas veces se siente atrapada entre el deseo de cambio y la inercia de las viejas ideas?

Mire, como tantas cosas en la vida, no es posible elegir una cosa o la otra, tienes que aceptar ambas a la vez. Cuando intentas conseguir la clase de cambios transformacionales de los que hemos hablado, así se trate de la desigualdad salarial, de la injusticia racial o de la crisis del clima, no hay duda de que el activismo y la protesta son necesarios para abrirle los ojos a la gente y obligarles a despojarse de su conformismo, infundiéndoles la energía que necesitan para convencerse de que pueden decidir su propio destino. Al mismo tiempo, necesitamos accionar las palancas del poder político —incluidas la organización política, las elecciones y la participación política— para generar los cambios duraderos y a gran escala necesarios para el progreso verdadero.

Yo soy optimista. Lo que hemos visto en los últimos cuatro años es una explosión enorme de energía y entusiasmo –y claridad de miras– en un gran número de estadounidenses de toda condición. Como la gente decidió participar, acudieron a votar e hicieron posible la llegada de Joe Biden y Kamala Harris a la Casa Blanca quienes, sin lugar a dudas, harán lo que esté en su mano para unificar a nuestro país. La tarea no será fácil, por lo que todos tenemos que involucrarnos y darles el apoyo que necesiten.

La verdad es que no es responsable elegir a un presidente y luego cerrar los ojos y esperar que por sí solo haga todo lo que se espera de él. Es nuestra obligación estar informados y participar todo lo posible, y votar siempre que tengamos oportunidad de hacerlo.

Como vimos durante mis dos mandatos, aunque empieces con grandes mayorías en la Cámara de Representantes y el Senado, siempre está la posibilidad de que las pierdas, y si de pronto te enfrentas a un Senado que prefiere bloquearlo todo antes que trabajar codo a codo contigo, no te queda más remedio que intentar desbancar a los senadores que obstruyen el camino. La única forma de conseguirlo es a través de la participación e intentando sumar apoyos hasta que resulte un gobierno que piense como tú y comparta tus intereses. Esto es así a nivel federal, pero también a nivel estatal y local.

Michelle no se presentará a la presidencia, no le gusta la política”

Mientras no nos pongamos de acuerdo en que existen unos hechos incontestables y no seamos capaces de distinguir lo verdadero de lo falso (…) nuestra democracia no podrá funcionar correctamente”





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