John Wayne Gacy, el ‘payaso asesino’ con un cementerio de niños en el garaje


Cuando aquel hombre regordete y con cara de bonachón le ofreció su sofá para pasar la noche, Timothy no se lo pensó dos veces. Aún quedaban varias horas para coger el autobús a Michigan y la noche era heladora en Chicago. Pero a la mañana siguiente, mientras el joven de dieciséis años preparaba el desayuno, John le asestó varias puñaladas. Tras el forcejeo y al ver cómo la sangre emanaba del cuerpo del muchacho, el asesino tuvo un orgasmo. Matar le excitaba sobremanera.

John Wayne Gacy, un respetado miembro de su comunidad en la que se disfrazaba de ‘Pogo, el payaso’ para entretener a los niños, violó y mató a adolescentes a los que previamente convencía para mantener relaciones sexuales. Con más de una treintena de crímenes a sus espaldas, la Policía encontró todo un cementerio de cuerpos en el garaje trasero de su casa. Un escenario dantesco que le llevó a la inyección letal.






Abuso, maltrato y ‘bullying’





Nacido el 17 de marzo de 1942 en Chicago (Illinois), John Wayne Gacy tuvo una infancia de lo más traumática. Su padre, alcohólico y maltratador, abusaba física y verbalmente de su mujer y de sus hijos, incluido de John, al que menospreciaba y golpeaba sin cesar llamándolo “marica” o “mariposón”. Las inseguridades del niño con respecto a su sexualidad comenzaron aquí y fueron aumentando con el paso de los años.

También influyeron los abusos sexuales que sufrió con nueve años por parte de un amigo de sus padres y de los que jamás se enteraron. John pensó que le culparían de lo ocurrido. De ahí su silencio. El mismo que utilizó cuando sus compañeros de colegio le acosaban. Un bullying que le llevó a encerrarse en sí mismo.

John Wayne Gacy, a los dieciocho años
John Wayne Gacy, a los dieciocho años
(Getty)

A todo ello se sumaban sus constantes problemas de salud: sufría importantes mareos. Esto apuntaba a dos posibles factores: el accidente que tuvo con nueve años al caerse de un columpio y golpearse fuertemente la cabeza, y las fuertes palizas por parte del padre. Aquello se tradujo en un coágulo en el cerebro que le hacía perder la conciencia momentáneamente y le impedía concentrarse.





Sin posibilidad de terminar los estudios, John encontró en la política una vía de escape. Se ofreció como candidato del Partido Demócrata en su localidad, pero de nuevo se topó con la desaprobación del patriarca. No podía soportar que su hijo estuviese en el bando contrario (él era republicano y conservador), así que John puso tierra de por medio y se desvinculó de la familia.

John Wayne Gacy, imagen de archivo
John Wayne Gacy, imagen de archivo
(Getty)

A sus dieciocho años, aterrizó en Las Vegas y empezó a trabajar en una funeraria como asistente mortuorio. Se pasaba los días rodeado de cadáveres a los que embalsamaba y preparaba para el funeral. De hecho, su fascinación por la muerte llegó a tal punto que, cuando su jefe no estaba, se colaba en los ataúdes de los más jóvenes para acariciarlos. Solo paraba cuando le entraban los remordimientos, un conflicto interior que atajó regresando a casa.

Allí se graduó en una escuela de negocios, trabajó en una compañía de zapatos y, al mudarse a Spriengfield, conoció a su primera esposa, Marlynn Myers. En 1964 contrajeron matrimonio, tuvieron dos hijos, y se mudaron a Waterloo (Iowa) donde dirigió varias franquicias de la cadena KFC, propiedad de su suegro. Pero las fantasías homosexuales de John no cesaban.





Ficha policial de John Wayne Gacy
Ficha policial de John Wayne Gacy
(Getty)

Estas encontraron salida al unirse a la Cámara Júnior de los Estados Unidos de Waterloo. Como miembro reconocido y admirado de su comunidad, John recibió varias distinciones pero todo era una fachada. Con el tiempo, esta institución se vio inmersa en actividades relacionadas con las drogas, la prostitución, la pornografía o el intercambio de parejas. Gacy, uno de los más asiduos, incluso transformó el sótano de su casa en una especie de club donde acudían meretrices y adolescentes con ganas de alcohol.

Gracias a su estatus social, John pudo acceder a menores, hijos de otros socios, a los que convencía para mantener relaciones sexuales. La primera víctima fue Donald Voorhees, de 15 años, al que engañó diciendo que le pondría una película X.


Los primeros ataques





Nada más llegar a su domicilio, Gacy emborrachó a Donald, puso la cinta pornográfica y le presionó para que le practicase sexo oral. El adolescente lo hizo, pero se lo contó a sus padres y terminaron denunciándolo ante las autoridades por abusos sexuales. Tras ser detenido y llevado ante un tribunal, John alegó que era víctima de acusaciones falsas y de una estratagema para desprestigiarle políticamente (el padre de Donald era su rival en la Cámara Junior).





No le sirvió de nada y menos cuando contrató a un matón para dar una paliza a Donald. Esta idea se le volvió en contra y terminó acudiendo a una evaluación psiquiátrica que dictaminó que sufría un trastorno de personalidad antisocial. Pese a los informes, John fue declarado apto y responsable de sus actos.

John Wayce Gacy vestido de payaso
John Wayce Gacy vestido de payaso
(Getty)

De hecho, el delincuente sexual se declaró culpable de mantener sexo oral con Donald pero, una vez más, echó la culpa a la víctima reseñando que el joven “venía buscándolo” y que “él solamente accedió a ello”. El tribunal lo sentenció a diez años de prisión en la cárcel de máxima seguridad de Anamosa (Iowa). Era diciembre de 1968. Tras el veredicto, jamás volvió a ver a su esposa ni a sus hijos.

Como ocurre con este tipo de presos de naturaleza sexual, el presidio para John fue como un paseo por el parque: se comportaba como una persona modélica y se convirtió en el cocinero de la penitenciaría. Todo en él irradiaba ejemplaridad. Quizá por eso tan solo cumplió dieciocho meses y obtuvo la libertad condicional con doce meses de vigilancia.





John Wayce Gacy y su segunda esposa
John Wayce Gacy y su segunda esposa
(Getty)

Tras este período entre rejas, John decidió regresar al estado de Illinois pero a una zona donde nadie conocía sus antecedentes penales. Compró una casa en Norwood Park Township e inició una nueva etapa profesional en el sector de la construcción. Allí contactó con una amiga del instituto, Carole Hoff, con quien se casó en segundas nupcias.

Pero sus impulsos sexuales con menores no cesaron. Atacó a un adolescente en 1971 quien, pese a denunciarlo, no se presentó ante el juez para ratificar la acusación. Así fue cómo Gacy se volvió a librar de la cárcel y sus oficiales de la condicional se quedaron al margen: nadie les informó al respecto. Además, sus andanzas sexuales prosiguieron mientras distraía a su comunidad. El depravado se inventó una imagen íntegra y honorable, disfrazado de ‘Pogo, el payaso’, para actuar ante los niños.

Imagen de John Wayce Gacy disfrazado de payaso
Imagen de John Wayce Gacy disfrazado de payaso
(Getty)






Todo lo compaginaba con su filiación al Partido Demócrata, donde llegó a tener cierta presencia a nivel local. Tanto es así que pudo hacerse una fotografía junto a Rosalynn Carter, la que fuese primera dama y mujer del presidente de Estados Unidos, Jimmy Carter, en 1978. En la imagen incluso se puede leer la siguiente dedicatoria: “Para John Gacy. Los mejores deseos”. Lo que no sabía la primera dama es que en ese momento, su fiel político había asesinado a más de treinta niños.

Uno de los primeros en morir fue Timothy McCoy, de 16 años, que aguardaba en una estación de autobuses. Gacy le convenció para que durmiese en su casa y, a la mañana siguiente, creyendo que el joven quería atacarlo con un cuchillo (estaba untando mantequilla en una tostada) le asestó varias puñaladas en el pecho. Entonces, tuvo un orgasmo. “Ver cómo la sangre le salía del cuerpo me excitó”, declaró una vez detenido. Tras enterrarlo en el garaje de su casa, continuó con los asesinatos.

Algunas de las víctimas de John Wayce Gacy
Algunas de las víctimas de John Wayce Gacy
(Getty)

Después llegaron los de John Butkovich, de 17 años; Samuel Stapleton, de 14 años; James Haakenson, cuyo cuerpo no fue identificado hasta 2017; Kenneth Park, de 16 años; o Michael Marino, de 14. El modus operandi era siempre el mismo: engatusaba a jóvenes con drogas, películas pornográficas o con ofertas de trabajo a cinco dólares la hora, para terminar durmiéndolos con cloroformo. Luego los ataba, torturaba, violaba y los asesinaba mediante el ‘número de la soga’.

Esta técnica consistía en estrangular a las víctimas con un cinturón alrededor del cuello mientras lo presionaba con un palo o un cuchillo. Una vez muertas, las enterraba en su cochera.

John Wayne Gacy junto a Rosalynn Carter
John Wayne Gacy junto a Rosalynn Carter
(Getty)

Algunas de las violaciones y asesinatos se volvieron más frecuentes con su segundo divorcio. Los últimos incluso con pocas semanas de diferencia. Uno de los casos que propició la captura del ‘payaso asesino’ fue el de Jeffrey Rignall, al que Gacy secuestró, drogó, agredió sexualmente utilizando varios instrumentos y abandonó en un parque público en 1978. Cuando el joven despertó acudió ante las autoridades para denunciar lo ocurrido pero lo ignoraron. Aquí empezó su propia batalla personal para dar con el culpable.

Rignall localizó el vehículo de Gacy, con el que perpetraba los raptos, y dio aviso a los investigadores. Lo arrestaron y aunque quedó en libertad a la espera de juicio, la Policía lo tenía en el punto de mira. No fue suficiente porque días después, el agresor volvió a actuar.


En el garaje





Esta vez secuestró a Robert Piest, de 15 años, al que convenció para dejar su empleo en una farmacia y trabajar para él en su empresa de construcción. El muchacho informó a su madre del cambio de planes y jamás regresó. La denuncia por desaparición llevó a los agentes a contactar con las últimas personas que habían hablado con el chico. Una de ellas era John al que, tras interrogarlo, se toparon con múltiples incongruencias y un largo historial de antecedentes por corrupción de menores.

Con estas pruebas, la Policía registró el domicilio del sospechoso y descubrieron multitud de objetos incriminatorios. Desde documentos de identidad de los adolescentes desaparecidos, sus ropas y joyas, hasta esposas y jeringuillas. Por no mencionar, libros de pederastia. La detención se produjo el 22 de diciembre de 1978.

El garaje donde John Wayne Gacy enterró a sus víctimas
El garaje donde John Wayne Gacy enterró a sus víctimas
(Getty)

Pero aún faltaban por hallar los cadáveres de sus víctimas. No hizo falta que Gacy confesara los crímenes porque, en cuanto removieron la parte trasera del garaje, localizaron un cementerio de cuerpos. Había un total de veintinueve, el resto los arrojó al río por falta de espacio.

El trabajo de los forenses para recuperar los despojos fue tan farragoso que tardaron varios meses en terminar. Del subsuelo sacaron fémures, cráneos, costillas, brazos… todos ellos envueltos en bolsas de plástico. De todos los cadáveres recuperados, ocho de ellos jamás pudieron ser identificados. Tampoco los rescatados en el agua. Aunque veinte años después del arresto de Gacy, la Policía de Chicago consiguió encontrar algunos enterrados en la casa de su madre.

John Wayne Gacy una vez detenido
John Wayne Gacy una vez detenido
(Getty)

Si bien el acusado se declaró inocente ante el juez alegando sufrir enajenación mental, durante la celebración del juicio entre febrero y marzo de 1980, se desmontó esta teoría gracias a los informes periciales. En ellos se desestimaba la tesis de la defensa arguyendo que Gacy, no solo fue consciente de sus actos, sino que trató de borrar las pruebas que le imputaban. El tribunal tampoco creyó otro de sus surrealistas argumentos: que los homicidios fueron producto de accidentes sexuales debido a una supuesta asfixia autoerótica.

El 12 de marzo de 1980, John Wayne Gacy fue condenado a varias cadenas perpetuas y a varias condenas de muerte. Durante los catorce años que tardaron en ajusticiarlo, el serial killer se dedicó a vender sus pinturas y dibujos bajo el apodo de ‘Pogo, el payaso’, algunas de lo más tétricas.

Uno de lo dibujos pintados por John Wayne Gacy desde la cárcel
Uno de lo dibujos pintados por John Wayne Gacy desde la cárcel
(Getty)

El 10 de mayo de 1994, Gacy fue ejecutado mediante inyección letal. Minutos antes de su ajusticiamiento, cientos de personas se congregaron en el exterior del recinto para celebrar que uno de los peores asesinos en serie de Estados Unidos iba a morir. Entre sus manos portaban pancartas que decían: “No tears for the clown” (Sin lágrimas por el payaso).

Por su parte, Gacy soltó unas últimas palabras a modo de maldición: “Matarme no hará regresar a ninguna de las víctimas, ¡besadme el culo! ¡Nunca sabréis dónde están el resto!”. Una vez muerto, le extrajeron su cerebro para que un equipo de neurólogos y psiquiátricas lo estudiasen. Su misión: tratar de determinar si presentaba alguna desviación que justificase su instinto criminal. Nunca llegaron a conclusión alguna.



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