la ejecución de un buen hombre sin enemigos



Ni una sola persona encontró los Mossos d’Esquadra que hablara mal de
Isaac Martínez Jiménez. Tenía 26 años y un pequeño bebé cuando la mañana del 9 de noviembre del 2006 un encapuchado con chaleco reflectante le disparó a bocajarro mientras salía con su coche de un parking de la calle Riu Ter del barrio de Cappont de Lleida. El joven soldador murió al momento y su asesino se esfumó envuelto en la niebla de la capital del Segrià. Hasta hoy que el caso sigue abierto.

Hurgando en la vida de la víctima, los investigadores del grupo de homicidios de la región policial de Ponent identificaron un incidente. Isaac tenía un hermano, Rubén, que tuvo un hijo durante una relación sentimental que terminó mal, con disputas por la custodia del niño que finalmente consiguió el padre. La disputas salpicaron a las dos familias. Con el tiempo, la mujer tuvo otra pareja que se involucró también en el conflicto y que protagonizó varios altercados con Isaac. Incidentes que terminaron con denuncias cruzadas.





De ahí que los investigadores se fijaran inmediatamente en ese hombre, de 29 años, y que regentaba con su familia el bar de los juzgados de Lleida. Esa misma mañana fue interrogado y se le realizó la prueba de residuos de disparo para preservar si en los restos de su mano había indicios de manipulación de arma de fuego. Unos resultados que tardaron meses en llegar.


La familia confía en la técnica para identificar los restos de disparos que se hallaron en la ropa del sospechoso





En contra del individuo habían las amenazas de muerte a la víctima y una descripción física que coincidía con los detalles que retuvieron los testigos de la ejecución. El autor no se movía con agilidad, abría mucho las piernas al caminar, como si fuera un patoso. Y casualmente el hombre señalado había sido operado recientemente de la rodilla.

Los Mossos intervinieron su móvil y transcribieron un par de conversaciones no determinantes, pero sospechosas que mantuvo con la que entonces era su pareja. En una, la novia le telefoneó al saber que los Mossos habían interrogado a varios amigos. “Sí, van a por ti”. Él respondió: “Tranquila, que no pueden demostrar nada… No te preocupes cariño que no me pueden cargar el muerto”.

La detención con ingreso en prisión se produjo siete meses después, tras un informe de la policía científica de los Mossos que determinó que sí había restos de disparo en ambas manos y en la ropa. Concretamente plomo, antimonio y bario. Meses después, la defensa contraatacó con una pericial de la Policía Nacional que determinaba que los resultados de los Mossos no eran determinantes y que las sustancias localizadas se encontraban en la batería de un coche que el sospechoso manipuló antes del crimen. Un tercer informe exhaustivo de la Guardia Civil confirmó los restos en el acusado pero, no concretó su coincidencia con la munición que asesinó a Isaac.





El juez dejó en libertad al sospechoso y con el tiempo quedó sin cargos. En los últimos años se han recibido anónimos y llamadas relacionadas con el crimen que se han investigado sin concretar nada relevante. Algunas coincidiendo con los ofrecimientos de la familia de hasta 20.000 euros por datos de interés.

El crimen de Cappont es mucho más que una prioridad para los Mossos. En cuanto puedan se reunirán con la familia y su abogado, Pau Simarro. Los padres confían en analizar de nuevo la ropa del sospechoso y determinar con nuevas técnicas que los restos encontrados son compatibles con la munición que acabó con la vida de Isaac







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